10 mar. 2011

Viejas luchas, nuevos paradigmas

Como comentaba en uno de mis anteriores artículos, vivimos en una era de cambios profundos, paradigmáticos, en casi todas las áreas.
Manuel Castells (Castells, 2000) acuñó el término “Era de la información”, para referirse a una serie de cambios sociales, económicos, culturales y políticos en los cuales básicamente, la información deja de ser un “medio para”, para convertirse en medio, entorno y fin en sí mismo.
La tecnología atraviesa cambios profundos y dinámicos, y casi sin darnos cuenta, dejamos de referirnos a la misma en términos de “herramienta” para comprender que la misma es “entorno” con el cual sostenemos un vínculo de interacción y mutua transformación.
La irrupción de Internet produjo, en los últimos 15 años, posiblemente más cambios, más profundos y en menor tiempo, que el carbón y el petróleo en la revolución industrial, o la imprenta en los inicios de la modernidad.
En sus cortos años de vida hablamos ya de tres etapas : La web 1.0, la web 2.0 y la web 3.0. La primera es la “Internet vidriera”, es decir, la posibilidad de acceder en tiempo real a páginas planas, coloridas, con pocos elementos multimediales y nula posibilidad de interacción. En la web 1.0 la actividad del flamante “surfista” se reduce a la posibilidad de “clickear”, aprovechando de este modo la estructura hipertextual de la arquitectura web. La web 1.0 se inicia con el surgimiento masivo de internet a mediado de la década de los 90 y dura muy poco tiempo, dado que con la irrupción de los blogs (1997) , y páginas participativas y colaborativas como Wikipedia y Facebook (2001 y 2004) la internet se hace interactiva y el paradigma cambia de manera profunda.
Hoy no nos imaginamos acceder a la web sin la posibilidad de subir videos, insertar comentarios o fotos, diseñar nuestro propio sitio o – los más adelantados – diseñar sus propias aplicaciones y difundirlas en el espacio interactivo.
Susan Bodker (Bødker, 2006) analiza el significado de este cambio en todos sus aspectos: transformamos rápidamente nuestro espacio privado en espacio público; borroneamos los límites entre la vida laboral y los momentos de esparcimiento; pasamos de permitir que el medio se introduzca en nuestras vidas, a invitarlo activamente y aún convertir a la virtualidad, en nuestras vidas mismas.
Los cambios son tan rápídos y profundos que no nos dan el tiempo suficiente para reflexionar sobre ellos: las dimensiones tradicionales del tiempo y el espacio se han transformado; por ende, los espacios públicos se interpenetran con los privados, y nosotros nos hemos tornado en generadores de nuestros propios espacios y tiempos. Nuestro rol ha cambiado, y nuestra identidad se ve afectada profundamente por estos cambios.
En los 60-70, la irrupción de los medios masivos de comunicación – el cine, la TV y la radio principalmente – nos plantearon el desafío de la “invasión”: básicamente la invasión del espacio privado y su alteración en términos de los valores tradicionales de nuestras sociedades.
La era digital nos plantea la “transformación” de esos espacios y nuestra propia transformación con ellos. Castells ya planteó en su obra el impacto de la red en las identidades individuales, y la problemática generado por el surgimiento de la llamada brecha tecnológica.
Entonces, no es sorprendente asistir hoy a movimientos sociales que surgen de manera espontánea, que ya han derrotado dictaduras como las de Yemen y Egipto, y amenazan a tantos otros regímenes autoritarios en la región, con las banderas de la democracia, la transparencia y la equidad.
La era de la información está acá y con ella, transformaciones profundas en la mente humana, en los grupos y en las sociedades. La dimensión de esa transformación y la velocidad no serán fáciles de anticipar: estamos frente a cambios profundos y apasionantes que ya nos llevan a la tercera etapa de la revolución tecnológico: la web 3.0 – los smartphones de todo tipo comienzan a tornar a la pc y a la laptop en irrelevantes; las redes tradicionales se reemplazan por las redes celulares; los espacios dejan de existir como tales porque el nodo es el sujeto que se mueve con su propia capacidad de recibir y transmitir información…
La revolución tecnológica con sus diferentes mareas, se torna entonces en el nuevo lenguaje occidental penetrante y casi invencible. ¿Es ésta acaso una respuesta / reacción  a la oleada fundamentalista que inundó a nuestras sociedades, desde los 70 y hasta nuestros días?

Marcelo I. Dorfsman

Castells, M. (2000). The information age: Blackwell.

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